
Mi hija ocupó el segundo lugar en un concurso de dibujo en su colegio. El tema era San Jordi. Y yo como madre muy, muy orgullosa presento su obra. (Su tía Lina estará feliz: ya tiene quién le siga los pasos en la pintura).
http://www.dmu.dk/International/News/vulcanicplume.htm
y sobre los efectos de las gases volcánicos en el clima y la capa de ozono:
Corría el mes de abril en una ciudad calurosa bañada por un río de aguas ligeras. Neiva. Habían versos y cuentos y música en las calles sonámbulas. Un encuentro de escritores. Había una tarde arrebolada que se escondía tras las montañas y un torrente de palabras confundidas con los cuerpos y las miradas y todo aquello que nos hace invencibles. Corría el mes de abril y el alma alborotada escríbía estos versos (creo que entonces no me importaba escribir poemas cursis).
Mar de besos
Náufragos
desterrados de los astros pensativos
tropezamos con el viento
y con los guijarros de ojos blancos
cansados de libar las penas.
En la montaña de caracoles muertos
alzamos nuestras velas
y sin más
sucumbimos en la playa de los besos.
¿Qué hacen ustedes aquí? pregunta una mujer entrada en años en un malísimo castellano. Estamos paseando y haciendo fotos, decimos nosotros casi a la vez. ¿Pasa alguna cosa? preguntamos molestos. Esto es un lugar privado y no se puede entrar y yo soy la presidenta de propietarios. Sorpresa. Y ¿usted sabe qué país es éste, señora? Replicamos. Que yo soy la presidenta y no pueden estar aquí. ¿Sabe en que país está usted? Volvemos a inquirir con idéntica respuesta. La mujer nos mira casi con desprecio. Tiene acento alemán y vive en Illa Cartago. Una isla mínima, cubierta de casas bellísimas con mar propio en el patio. ¡No se puede entrar aquí! Gruñe la mujer. No podemos creerlo. Ese recodo de mundo, rodeado de mar y de bellezas heridas por la especulación inmobiliaria, es un lugar prohibido para los demás mortales. Y, en efecto, un letrero en alemán ya nos advertía de ello. Pero no sabemos su idioma, señora.
Estamos en Empuriabrava, una ciudad construida en 1967. La marina residencial más grande del mundo con canales artificiales y casas fabulosas con garajes para yates y coches. Una ciudad de ricos, dice una de mis compañeras de viaje. De inmigrantes ricos. Guiris con muchísimos ceros a la derecha que forman guetos de lujo en el que sólo hablan su idioma, escuchan su música, sus emisoras, beben sus licores y se emborrachan en ario. A ellos no se les pide que se integren ni que aprendan ya no el catalán sino el castellano. No lo necesitan. Son ciudadanos de primera categoría con el poder suficiente para amarrar su yate en el patio trasero y tomar el sol en él mientras leen un libro. Berlín. Así se llama uno de los barcos que observé mientras dábamos un paseo por los canales. Y en el Berlín había un hombre sin camisa con la piel enrojecida y los ojos entrecerrados.